Noemí Trujillo defiende el abolicionismo y alerta de que las redes de explotación siguen vigentes

Noemí Trujillo defiende el abolicionismo y alerta de que las redes de explotación siguen vigentes

Un manifiesto contra la normalización de la prostitución

La escritora Noemí Trujillo publica Hambre de abolición: un manifiesto (Destino Referentes), un ensayo en el que plantea una defensa del abolicionismo de la prostitución. La autora construye su reflexión a partir de experiencias profesionales, conversaciones con agentes de la Policía Nacional y la Guardia Civil, testimonios sobre trata y la noticia de una mujer asesinada por un hombre que había acudido a comprar sexo.

Trujillo, que de joven atendió a mujeres en situación de prostitución mientras trabajaba en servicios sociales en Cataluña, también ha conocido la realidad de la Colonia Marconi, una de las zonas más asociadas a la prostitución callejera en Madrid. En su libro aborda los feminicidios prostitucionales, la trata, la violencia y la presencia cotidiana del comercio sexual en determinadas áreas urbanas.

El debate sobre las palabras y el consumo de sexo

Una terminología que, según la autora, no es neutral

Para Trujillo, el lenguaje empleado en torno a la prostitución es una cuestión central. Considera que expresiones como «cliente» o «trabajadora sexual» pueden presentar una relación de poder como si fuera una transacción neutral. Por ello, en su manifiesto utiliza «cliente» entre comillas o recurre al término «prostituidor» para aludir a quien compra sexo.

La autora sostiene que «trabajadora sexual» es un término surgido del regulacionismo que, a su juicio, invisibiliza la violencia implícita. También señala que «putero», aunque es utilizado desde posiciones abolicionistas para identificar al comprador, mantiene una carga insultante y no encaja en los ámbitos académico o jurídico. Para Trujillo, la elección de las palabras determina si la prostitución se analiza como una actividad comercial o como una forma de explotación.

Crítica a la inacción política y al modelo regulacionista

La escritora afirma que España conserva una cultura vinculada al consumo de sexo pagado y cita encuestas oficiales según las cuales entre el 20% y el 30% de los hombres han pagado por sexo. En este contexto, reclama que los partidos incluyan el debate sobre la prostitución en sus programas electorales para que la ciudadanía conozca sus posiciones.

Trujillo vincula asimismo esta cuestión con la vivienda. Según expone, miles de inmuebles urbanos funcionarían como prostíbulos clandestinos, lo que contribuiría a encarecer los alquileres y a ocultar situaciones de explotación sexual. A su juicio, los partidos deben asumir su responsabilidad e incorporar el abolicionismo de forma coherente.

Frente a quienes defienden la regulación y la autodeterminación de las mujeres sobre sus cuerpos, la autora considera que presentar la prostitución o plataformas como OnlyFans como alternativas legítimas ante la precariedad económica es una falacia. Sostiene que comprar consentimiento sexual constituye una forma de violencia y rechaza que pueda equipararse a cualquier otro empleo.

El caso de Alemania

Sobre el modelo regulacionista, Trujillo asegura que la experiencia de Alemania, tras más de dos décadas, ha sido un fracaso. Según indica, el 85% de las mujeres continúa en la clandestinidad, sin derechos ni contratos, mientras el país se ha convertido en un destino de turismo sexual que atrae a mafias dedicadas a explotar a mujeres en situaciones de vulnerabilidad o refugio.

Para la autora, el abolicionismo es el único marco jurídico capaz de proporcionar protección efectiva, alternativas formativas, reinserción laboral y una revisión de la ley de extranjería.

Prostitución, menores y educación sexual

Trujillo considera que la normalización de zonas como la Colonia Marconi evidencia un mal funcionamiento social. Menciona el caso de un cadáver que habría permanecido desatendido durante dos meses y apunta también a Ceuta, donde, según sostiene, la permisividad facilita que las redes de trata comercien con menores.

La escritora alerta además del impacto del dark romance y de la pornografía entre adolescentes y jóvenes. A su entender, este tipo de contenidos promueve discursos de sometimiento sexual y el acceso temprano a la pornografía en internet desensibiliza a los menores, en un contexto que relaciona con el aumento de agresiones sexuales registrado por la Fiscalía.

También advierte de que las redes sociales y la inteligencia artificial facilitan la captación y extorsión de menores, incluida la creación de imágenes falsas de desnudos a partir de fotografías. Ante esta situación, reclama educación sexual en los centros escolares y una participación activa de las familias.

La literatura como herramienta de denuncia

Especialista en literatura, Trujillo recupera en su ensayo las voces de Matilde Cherner y Benito Pérez Galdós. Destaca que Cherner describió en el siglo XIX el prostíbulo como una «mansión de los horrores» y cuestionó el mito de la «prostituta feliz», una idea que, según la autora, los registros policiales actuales siguen desmintiendo.

Sobre Galdós, subraya que en La desheredada retrató los vínculos entre la prostitución y el poder político. Trujillo concluye que las estructuras de explotación e impunidad denunciadas por ambos autores permanecen prácticamente intactas en la actualidad.

La autora defiende que la cultura es inevitablemente política y reclama una mayor presencia de las escritoras en el debate público. Aunque reconoce que hay autores que prefieren no comprometerse con causas concretas, considera necesario que las mujeres ocupen espacios de visibilidad para impulsar discursos críticos, entre ellos el abolicionismo, frente a lo que define como una indiferencia generalizada.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *