Una biblioteca nacida de la necesidad y la pasión por leer
En el verano de 1949, el maestro Enrique Muñoz llegó destinado de forma forzosa por las autoridades franquistas a Boltaña, una pequeña localidad del Pirineo aragonés. Se instaló junto a su familia con pocos recursos, aunque llevaba consigo una pasión que acabaría transformando la vida cultural del municipio: los libros.
Las dificultades para acceder entonces a Boltaña, mediante carreteras escarpadas y sinuosas, hacían que las obras impresas llegaran con mucha dificultad. Ante esa situación, el maestro percibió la necesidad de crear una biblioteca, según explica su nieta, Teresa Mayoral. A través de donaciones, solicitudes a librerías y la colaboración de los vecinos, Muñoz reunió alrededor de 700 libros.
Junto al funcionario municipal Antonio Sallán, impulsó una biblioteca que hoy figura entre las más antiguas de Aragón. De acuerdo con los datos del Ministerio de Cultura, es la única biblioteca española situada entre las cinco primeras tanto en préstamos de libros como en visitas por habitante.
Un foco cultural y educativo para el municipio
Para Concepción Puyol, conocida como Conchi y responsable de la biblioteca desde hace 40 años, el centro abrió una ventana al mundo. Entre aquellos fondos iniciales había numerosas primeras ediciones que considera auténticos tesoros.
La creación de la biblioteca también alentó la llegada de historiadores, fotógrafos y visitantes procedentes de Francia y de distintos lugares de España, que se reunían en Boltaña. Pero su influencia fue más allá de atraer a personas de fuera: muchos habitantes del pueblo se esforzaron por aprender a leer y escribir para acceder a los contenidos de los libros.
Mayoral recuerda que varios vecinos aún hablan de su abuelo y de cómo, tras la cena, acudía a sus casas para enseñarles a leer y escribir. En una época marcada por un elevado nivel de analfabetismo en España, aquella labor tuvo un especial valor.
Del Ayuntamiento a la Casa de la Cultura
En 1958, Enrique Muñoz fue destinado a Zaragoza, pero el proyecto continuó creciendo. La biblioteca dejó los bajos del Ayuntamiento y se trasladó a las antiguas escuelas, un edificio construido en 1840 y reconvertido en Casa de la Cultura.
El gran cambio llegó en 1986, cuando Concepción Puyol superó un concurso municipal y amplió el horario de atención de dos a siete horas diarias, con apertura de mañana y tarde. Gradualmente, el espacio de piedra y madera se consolidó como uno de los lugares de referencia de la localidad.
La cercanía como clave del éxito de las bibliotecas rurales
Puyol sostiene que, sin la biblioteca, Boltaña dejaría de ser lo que es. Para ella, facilitar que los vecinos acudan y lean contribuye a crear un entorno más humano. Esa sensación también la comparte Lola, una vecina que creció escuchando los cuentos leídos por la bibliotecaria y que ahora visita el centro con sus dos hijas.
El ejemplo de Boltaña refleja la relevancia que pueden alcanzar las bibliotecas públicas en los municipios pequeños. Los datos analizados por ABC indican que las localidades de menos de 2.000 habitantes encabezan en España tanto los indicadores de lectura como de asistencia presencial: registran una media de 1,16 préstamos por habitante al año y 2,44 visitas por persona.
Estas cifras superan las de las ciudades de más de 100.000 habitantes, que alcanzan una media de 0,99 préstamos y 2,12 visitas. Para Roberto Soto, coordinador del Plan de Atención al Medio Rural del Consejo de Cooperación Bibliotecaria (CCB), cuanto más pequeña es una población rural, más falta de servicios suele estar, mientras que la biblioteca permanece como un recurso leal a la comunidad y fortalece las relaciones entre sus integrantes.
La recomendación personal, más allá del préstamo
En las grandes ciudades, el uso de una biblioteca suele ser más práctico e individual: se toma un libro y se devuelve. En las poblaciones rurales, en cambio, el préstamo incorpora un componente añadido: la recomendación del bibliotecario.
Soto considera que el principal servicio de las bibliotecas de proximidad no es únicamente prestar obras, sino aconsejar lecturas. La confianza con el profesional del pueblo, cercano a los usuarios y en ocasiones casi amigo, refuerza el peso de esas recomendaciones.
Puyol aplica esta idea diariamente. Explica que recomendar libros es una cuestión de psicología: según la primera obra que escoge cada lector, puede intuir cuáles serán sus siguientes intereses. Entre los títulos y autores que le ofrecen buenos resultados figuran Cien años de soledad, los cómics de Paco Roca, Hierba, Tintín, Geronimo Stilton y El pollo Pepe.
El carné de biblioteca llega desde la cuna
El público infantil cuenta con el catálogo más extenso de la biblioteca de Boltaña. Cerca del 60% de las subvenciones que recibe el centro se destinan a libros infantiles y juveniles, ya que Puyol considera que esos niños serán los lectores de dentro de cinco, seis o siete años.
Los más pequeños son, según la bibliotecaria, quienes cruzan con mayor frecuencia la puerta del centro. En Boltaña, el carné de lector se entrega prácticamente desde el nacimiento: cuando Conchi sabe que ha nacido un niño, contacta con los padres y les envía el carné por carta.
Lola recuerda que siguió yendo a la biblioteca tras el nacimiento de su primera hija, que gateaba entre las estanterías. Más adelante, la niña se sentaba en la alfombra para escuchar cuentos y empezó a pedir libros de brujas a la bibliotecaria.
Teresa Mayoral vivió recientemente una escena que le recordó el legado de su abuelo. Durante una visita a Boltaña con su sobrino, bisnieto del fundador, vio cómo el niño se sentaba, cogía un libro y comenzaba a leer. Para ella, fue una imagen especialmente emocionante de la herencia que dejó Enrique Muñoz.
















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