La Filarmónica de Nueva York y Dudamel: tres días de gira entre Mahler, retrasos y emociones

La Filarmónica de Nueva York y Dudamel: tres días de gira entre Mahler, retrasos y emociones

La gira española de la Filarmónica de Nueva York ofrece mucho más que conciertos. Durante tres días, la orquesta dirigida por Gustavo Dudamel se convierte en una ciudad itinerante: músicos, familiares, instrumentos, técnicos y personal sanitario que se desplazan entre hoteles, autobuses, estaciones y auditorios mientras mantienen la exigencia artística de una de las formaciones más emblemáticas del mundo.

Una nueva etapa para la Filarmónica de Nueva York

La visita a España, organizada junto a Ibermúsica, supone el regreso de la NY Phil al país después de dieciséis años. También permite asistir a los primeros compases de la etapa de Gustavo Dudamel al frente de la institución, tras sus 17 años como director de la Filarmónica de Los Ángeles.

En Barcelona, la primera impresión de la orquesta llega incluso antes del escenario. En el autobús que cubre el trayecto entre el Gran Hyatt y el Auditori, algunos músicos descansan, otros contemplan la ciudad y muchos viajan acompañados de sus instrumentos, instalados en asientos, sobre las piernas o firmemente sujetos como un pasajero más. Varios integrantes de la formación recorren la gira junto a sus familias.

Estiramientos antes de interpretar a Mahler

Los intérpretes afrontan el cansancio, el jet lag, los cambios de horario y una alimentación distinta de la habitual. Por ello, la preparación física también forma parte de la rutina. Durante uno de los trayectos, una conversación entre la doctora que acompaña a la orquesta y un violinista termina convirtiéndose en una improvisada sesión de estiramientos con gomas elásticas dentro del autobús.

En el Auditori, el ambiente previo al ensayo es animado, con músicos interesados también en conocer Barcelona y acercarse al estadio del Barça. Sin embargo, el bullicio se atenúa con la llegada de Dudamel, que felicita a la orquesta por el concierto ofrecido la noche anterior en París y les recomienda probar las tapas.

Durante el ensayo acústico, el maestro venezolano baja del escenario y recorre la sala hasta las últimas butacas para comprobar cómo llega el sonido. Esa forma de trabajar, basada en la escucha y el diálogo constante con la formación, marca el inicio de su relación con la orquesta.

Los seguidores de Dudamel y el viaje a Madrid

Fuera del Auditori, Dudamel también despierta entusiasmo. Varios venezolanos le esperan para saludarle y reclamar su atención con gritos de «¡Barquisimeto!», la ciudad natal del director. El músico se detiene, sonríe y atiende a sus compatriotas cuanto puede, aunque el calendario de la gira le obliga a regresar al hotel.

El traslado de Barcelona a Madrid incluye uno de los imprevistos habituales de cualquier gira. A las tres de la madrugada, un correo informa de que el AVE saldrá con retraso. La orquesta debe llegar a tiempo para actuar esa misma tarde, por lo que el grupo se dirige a Barcelona-Sants, donde personal de Renfe organiza un paso hasta el control de seguridad.

Una comitiva de alrededor de 150 personas avanza por la estación. Los carteles de la New York Philharmonic y la presencia de los instrumentos revelan la identidad de unos viajeros que, como el resto, deben adaptarse a las demoras ferroviarias.

De Atocha al Auditorio Nacional

Tras llegar a Madrid, cuatro autobuses esperan a la salida de Atocha para trasladar rápidamente a la orquesta al hotel y después al Auditorio Nacional. Antes de salir a escena, los músicos reponen fuerzas con sándwiches, zumos y otros alimentos, y realizan un breve ensayo acústico para comprobar las condiciones de la sala.

El concierto concluye con una acogida entusiasta: los aplausos se prolongan y el público termina puesto en pie. Durante la velada, una joven integrante del Orfeo Català sufre un desfallecimiento que preocupa a quienes están cerca, aunque la actuación continúa. En el descanso, Dudamel vuelve a salir para interesarse por su estado.

La llegada del director abre, según Matías Tarnopolsky, CEO y presidente de la Filarmónica de Nueva York, una etapa de especial ilusión para los intérpretes y para el público. «Están tan contentos… lo puede ver en las caras, al final de los conciertos, lo puede ver en la reacción del público. Para los músicos es una nueva era, ellos están trabajando con el maestro más importante que tenemos y es un momento de elaborar nuevas vías musicales», afirma.

Dudamel pretende ampliar el alcance de la orquesta, acercando la música clásica a otros géneros y a espectadores que quizá no se habían planteado acudir a una sala de conciertos. Su propósito incluye incorporar nuevas voces, explorar más allá de los límites habituales del repertorio sinfónico y recuperar la vocación divulgadora asociada a uno de sus referentes, Leonard Bernstein.

«La orquesta debe representar lo mejor en la sociedad, son 110 diferentes voces trabajando en conjunto con una misma meta. La música nos enseña tantas cosas… La colaboración, el contraste entre escuchar y entender y escuchar es una fuerza muy democratizante», añade Tarnopolsky.

Un solo inesperado en la Quinta de Mahler

La mañana posterior al concierto en Madrid deja unas horas libres para el turismo. Algunos músicos visitan el Palacio Real, otros pasan por el Reina Sofía y algunos hacen una parada en el Bernabéu.

Para el fagotista Julien, sin embargo, el día cambia de forma repentina. A las doce recibe el aviso de que, debido a la baja de un compañero, deberá interpretar el solo de fagot de la Quinta Sinfonía de Mahler. Con apenas unas horas para prepararse, afronta una oportunidad que muchos músicos esperan durante años. «Oh, me avisaron al mediodía. Estaba realmente atacado», confesaría después.

La Quinta de Mahler vuelve a sonar con éxito y el público responde de nuevo con entusiasmo. La actuación confirma el nivel de una formación que, más allá de sus grandes nombres, debe responder a cambios e imprevistos con una rapidez constante.

La maquinaria que continúa tras los aplausos

Cuando el público abandona la sala, el trabajo de la orquesta no ha terminado. Recoger una formación de estas dimensiones implica embalar instrumentos en cajas especiales, ordenar partituras, equipajes y numerosos materiales. El espacio que ha ocupado el backstage durante horas queda prácticamente despejado en apenas quince minutos.

La vida de una gran orquesta exige interpretar al máximo nivel después de largos viajes, mantener la concentración en cada ciudad y asumir también la soledad que puede aparecer entre una habitación de hotel y el siguiente escenario. Por eso muchos músicos viajan con sus familias. Dudamel, por ejemplo, lleva consigo a su esposa, María Valverde, a su hijo y a sus padres, que le esperaban en Madrid.

La gira de la Filarmónica de Nueva York revela así la dimensión menos visible de la música: una compleja comunidad humana que funciona con horarios, rutinas, retrasos, cansancio y oportunidades inesperadas. Tras cada concierto, esa ciudad itinerante no vuelve a casa; recoge sus pertenencias, sube al autobús y continúa su camino.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *