Urda amaneció entre la niebla y el agotamiento tras una de las noches más duras que recuerdan sus vecinos. En este municipio manchego de menos de 2.500 habitantes, el dolor por el choque de trenes, que ha dejado 69 fallecidos y decenas de heridos, se suma a un mes ya complicado por una riada que dañó las cosechas de numerosos agricultores.
Con el paso de las horas, el impacto inicial ha dado paso al cansancio y a las lágrimas. Sin necesidad de esperar indicaciones, buena parte del pueblo movilizó sus recursos para atender a heridos, familiares y equipos de rescate.
Pan y alimentos para los afectados
La panadería de Azucena Muñoz
Azucena Muñoz, propietaria de una panadería situada en la plaza, comenzó a hornear sin descanso en cuanto comprendió la gravedad del accidente. Su establecimiento se quedó sin bolsas por la cantidad de pan repartido entre los vecinos y las personas afectadas.
La panadera dejó pendientes los encargos que tenía previstos, incluidas varias tartas, para dedicar la jornada a elaborar comida destinada a los pabellones habilitados. Desde su negocio salieron hogazas y bollería recién hechas, todo lo que pudieron donar para atender la emergencia.
El supermercado y los comercios locales
En el supermercado de Soraya Rodríguez, la dimensión de lo sucedido empezó a percibirse con las primeras compras de agua y leche. Más tarde llegaron las peticiones de bocadillos para las personas que ya estaban siendo atendidas en los pabellones.
El establecimiento aportó fruta, fiambre, bocadillos, guantes y un palé de agua, que el marido de Soraya recogió en Toledo para llevarlo hasta el lugar de acogida. Algunos productos fueron donados y otros fueron adquiridos por quienes se encargaban de transportarlos. La panadería tampoco cobró el pan.
Durante varias horas, los comercios del municipio suspendieron su actividad habitual para destinar sus existencias y esfuerzos a una situación de urgencia inesperada.
Material sanitario y medicamentos en el lugar del accidente
Antonio, el farmacéutico de Urda, acudió al lugar del siniestro tras recoger en su establecimiento gasas, apósitos, sueros y calmantes. También trasladó medicamentos para aliviar el dolor de los heridos, entre ellos psicotrópicos y morfina.
No estuvo solo. Le acompañaron su mujer, su hija, el novio de esta, su hijo y una empleada. Todos cerraron la farmacia para acudir a prestar ayuda. En los primeros momentos encontraron a personas que necesitaban atención inmediata, entre ellas un joven gravemente herido que pedía una ambulancia.
Antonio regresó a la farmacia para recoger más material y volvió posteriormente al lugar, cuando el despliegue sanitario y de ambulancias ya había comenzado a organizarse.
El alivio de saber que uno de los heridos sobrevivió
La noche posterior apenas pudo dormir dos o tres horas. A primera hora de la mañana recibió la llamada de la mujer de un hombre al que había atendido, comunicándole que seguía vivo. Para el farmacéutico, esa noticia supuso una enorme gratificación tras una jornada marcada por imágenes difíciles de asimilar.
Antonio subrayó que la respuesta no fue individual, sino colectiva: «La solidaridad no es solamente mía, es la de dentro del pueblo».
El acompañamiento del párroco a heridos y familiares
El párroco de Urda, José Miguel Fernández, acudió al escenario del accidente tanto durante la noche como a primera hora de la mañana. Allí estuvo pendiente del trabajo de los equipos de rescate, la Guardia Civil y la Unidad Militar de Emergencias.
La noche anterior colaboró en la evacuación de pasajeros de los vagones menos afectados y acompañó a heridos y familiares. Según explicó, en una tragedia de estas características las palabras pueden resultar insuficientes y, en muchas ocasiones, lo más importante es permanecer al lado de quien sufre.
El sacerdote recuerda a una mujer mayor que le pidió que le cogiera de la mano. Otras personas necesitaban simplemente llorar acompañadas. Para Fernández, el consuelo se ofrecía muchas veces sin explicaciones, mediante la cercanía y la compañía.
Un municipio entero movilizado
Fernández estima que cerca del 90% de los habitantes de Urda se puso a disposición de quienes necesitaban ayuda. La localidad, acostumbrada a recibir peregrinos durante todo el año y con una red de voluntariado activa, respondió de forma inmediata.
Varios hosteleros cerraron sus negocios para preparar comida y bebida para heridos, familiares y profesionales desplegados en el rescate. Restaurantes del municipio cocinaron para los afectados, mientras que la casa de espiritualidad de la basílica del Santísimo Cristo acogió a periodistas que necesitaban descansar tras una jornada prolongada.
Traslado de heridos y ampliación de la morgue
Andrés García, vecino de Urda, ayudó a los servicios sanitarios a trasladar heridos hasta los puestos de triaje. Allí se clasificaba a los afectados según la gravedad de sus lesiones para coordinar su evacuación: los casos más graves eran trasladados en helicóptero y otros, en ambulancia.
También participaron vecinos en el traslado de cadáveres a una morgue que tuvo que ser ampliada ante la falta de espacio. Andrés recuerda la llegada de numerosos profesionales y medios de emergencia, así como la dureza de las escenas vividas.
Entre los afectados había viajeros de distintas nacionalidades. Andrés menciona el caso de una mujer filipina que no hablaba español y a Claudia, hija del farmacéutico, que tradujo al inglés para facilitar su comunicación con los médicos.
Incidencias en el tramo ferroviario
Andrés también plantea una cuestión relacionada con la zona ferroviaria. Según afirma, en ese tramo se habían producido robos de cobre en varias ocasiones. Explica que la desaparición del cableado de la catenaria puede generar incidencias en el sistema y hacer que los semáforos se pongan en rojo.
Mientras avanzaba la mañana, Urda trataba de recuperar una normalidad todavía lejana, rodeada de cámaras y micrófonos y a pocos kilómetros de una tragedia que ha causado la muerte de 69 personas.
















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