La retirada de Estados Unidos abre una nueva etapa de incertidumbre en Oriente Próximo

La retirada de Estados Unidos abre una nueva etapa de incertidumbre en Oriente Próximo

Estados Unidos parece cada vez más atrapado en Oriente Próximo, sin una salida sencilla de su conflicto con Irán. Sin embargo, al margen de cuál sea el desenlace de esta guerra, el episodio puede marcar un cambio de mayor alcance: el abandono definitivo de la hegemonía estadounidense en la región.

Por primera vez desde el reparto del Imperio Otomano por las grandes potencias hace un siglo, el orden de Oriente Próximo podría dejar de definirse desde fuera. La cuestión es si ese vacío derivará en una nueva espiral de violencia y represalias o si, por el contrario, permitirá un nuevo comienzo.

Un siglo de intervenciones y frustraciones

Desde la Primera Guerra Mundial, la región donde nacieron las tres grandes religiones monoteístas ha acumulado conflictos y frustraciones. Los árabes que combatieron junto a los vencedores se sintieron traicionados cuando el Reino Unido asumió el control de Irak, Jordania y Palestina, mientras Francia se hizo con Líbano y Siria.

Más adelante, dirigentes nacionalistas como Gamal Abdel Nasser, en Egipto, adoptaron políticas económicas de inspiración soviética que resultaron ruinosas. Los graves abusos de dictadores como Sadam Husein en Irak y Hafez al-Asad en Siria encontraron su reflejo en el fanatismo violento de los yihadistas alimentados por sus regímenes.

Tras tres guerras, numerosas operaciones encubiertas y prolongadas negociaciones diplomáticas, los intentos de Washington de imponer sus propios planes parecen haber llegado a su límite. Estados Unidos seguirá presente, como antes lo estuvieron Reino Unido, Francia y Rusia, y recurrirá ocasionalmente a la fuerza para proteger sus intereses, incluida la lucha antiterrorista. Pero dejaría atrás su papel de gran arquitecto regional.

Las señales del repliegue estadounidense

Los indicios son visibles incluso mientras el presidente Donald Trump aprovecha la reunión anual de la ONU para volver a amenazar a Irán con la «aniquilación». A principios de septiembre, Estados Unidos rechazó sumarse a su aliado Arabia Saudí en un ataque contra los hutíes de Yemen, pese al riesgo que estos representan para la navegación en el mar Rojo.

En lugar de intervenir junto a Riad, Washington mantuvo conversaciones con los hutíes para impedir ataques contra buques estadounidenses. Aunque pueda parecer un episodio menor, el hecho de que una superpotencia negocie directamente con una milicia insurgente revela su voluntad de reducir compromisos.

Un despliegue militar más vulnerable

También se espera que Estados Unidos limite su presencia militar en Oriente Próximo. En tiempos de paz, mantiene entre 30.000 y 40.000 soldados distribuidos en 19 bases, ocho de ellas permanentes. La guerra, no obstante, ha evidenciado la vulnerabilidad de estas posiciones ante drones y misiles de bajo coste.

Esta situación ha obligado a Washington a apoyarse más en portaaviones y en su base de Diego García, en el océano Índico. Algunos expertos plantean concentrar las fuerzas en menos puntos, como Israel y Jordania.

El posible repliegue formaría parte de una reorganización más amplia. Según informó NBC este mes, entre 25.000 y 40.000 soldados estadounidenses podrían abandonar también Europa. La Administración Trump prioriza el continente americano, mientras los responsables de seguridad buscan preparar al país para la creciente rivalidad con China, que oscila entre la coexistencia cautelosa y la hostilidad abierta, como refleja la cumbre de esta semana entre Trump y Xi.

Las guerras de Oriente Próximo no ayudan a esos objetivos: agotan los arsenales estadounidenses y desvían recursos militares que podrían emplearse en Asia.

El vacío de poder y las potencias regionales

Hasta 2020, Estados Unidos era importador de petróleo; actualmente es un gran exportador. China, en cambio, se ha convertido en el principal cliente de los productores del Golfo y utiliza el canal de Suez para llevar sus mercancías a los mercados europeos. De este modo, Pekín aparece como el principal beneficiario externo de la política estadounidense en la zona.

Aun así, resulta poco probable que China aspire a ejercer una hegemonía regional. Ha visto el coste que Estados Unidos ha asumido, tanto en billones de dólares como en miles de vidas, por desempeñar ese papel.

Tres países tienen capacidad para tratar de cubrir parte del vacío, y ninguno de ellos es árabe: Irán, Turquía e Israel.

Irán, Turquía e Israel

El caso más peligroso es el de Irán. Si el régimen de Teherán colapsa, perdería la capacidad de reconstruir su influencia en Irak, Siria y Líbano. Pero si sobrevive, como parece probable, podría intentar obtener ventajas mediante el control del estrecho de Ormuz, la intimidación de los Estados del Golfo a los que ha atacado durante la guerra y la reconstrucción de sus milicias en el exterior.

Irán también podría reanudar el desarrollo de un arma nuclear, una línea roja que probablemente se mantendría para Estados Unidos. En estas aspiraciones podría contar con el respaldo de Rusia.

Turquía, por su parte, ha fortalecido discretamente sus vínculos con los países árabes. Se ha convertido en el principal apoyo del nuevo Gobierno sirio y trabaja con Irak en rutas comerciales, abastecimiento de agua y la lucha contra los separatistas kurdos. El mes pasado suscribió un acuerdo de seguridad con Pakistán y Arabia Saudí.

Aunque Ankara ha respaldado a los Hermanos Musulmanes, su enfoque es más pragmático que ideológico: persigue oportunidades para su industria de defensa y sus empresas constructoras.

La tercera potencia es Israel, que domina el ámbito militar y de inteligencia. Tras las masacres del 7 de octubre de 2023, el país se concibe como una Esparta moderna, dispuesta a eliminar cualquier capacidad que considere una amenaza. En el contexto de los Acuerdos de Abraham, ha establecido estrechos lazos con los Emiratos Árabes Unidos, aunque las expectativas de un pacto con los palestinos se han debilitado.

La convivencia pacífica entre estas tres potencias parece improbable. Israel y Turquía ya mantienen tensiones en Siria; Israel e Irán arrastran las consecuencias de la guerra; e Irán y Turquía son rivales imperiales históricos.

Los Estados árabes, ante una oportunidad y un riesgo

Los principales perjudicados por este escenario son los Estados árabes. Irak y Siria todavía intentan recuperarse de la destrucción causada por sus guerras civiles. Egipto, antiguo líder natural del mundo árabe, concentra sus esfuerzos en la corrupción y en reprimir a la oposición interna.

Las monarquías del Golfo han optado por un modelo de prosperidad destinado a sustituir la ideología por crecimiento económico. Aunque esta estrategia resulta positiva, depende de la seguridad proporcionada por Estados Unidos. Al mismo tiempo, las rivalidades entre Catar, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos, todos ellos Estados muy ricos, alimentan la inestabilidad.

Quizá el último servicio de Washington pueda consistir en ayudar a estos países a cooperar. Los árabes han deseado durante mucho tiempo recuperar la influencia de una época en la que fueron referente de ciencia y conocimiento. La retirada de Estados Unidos podría ofrecerles esa ocasión.

Pero toda potencia hegemónica que se retira deja tras de sí proyectos fallidos y consecuencias imprevistas. En Oriente Próximo persisten resentimientos profundos y numerosas cuentas pendientes. La región deberá demostrar que los escépticos se equivocan.

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